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    La novela «perdida» de una Generación...
«Resérvame el vals» está escrito en una prosa compleja, trufada de brillantes metáforas, y certeras reflexiones. Los sutiles sobreentendidos de los diálogos recuerdan a la Screball Comedy, y juegan con el lector poniendo a prueba sus prejuicios. Sin duda el rasgo más original de la obra es la presencia de lo sensorial, sobre todo en los capítulos dedicados a la infancia de la protagonista en Montgomery, una ciudad somnolienta del Sur de los Estados Unidos. Posteriormente, su autora traza un irreverente cuadro de la vida nocturna en París con tintes de sátira delirante y alucinada. Su visión, nada complaciente, es mucho más ácida que la habitual en la literatura sobre los americanos en París. Es difícil rastrear influencias en la obra. El estilo enlaza con las corrientes literarias del momento, sobre todo con el surrealismo. Los críticos coinciden en señalar su sorprendente originalidad verbal como nota dominante de la obra.
Scott reaccionó con irritación cuando supo que Zelda estaba escribiendo su novela. Indignado, contó a su amigo, el editor Maxwell Perkins, que su mujer había escrito sobre el mismo material con el que él estaba trabajando. Pero parecía ignorar que ambos habían compartido las mismas experiencias. Se lamentaba igualmente de que sus libros habían hecho de su esposa una leyenda y, a cambio, ella lo retrataba adelgazado, como si fuera una no entidad. Durante sus encuentros en la Clínica John Hopkins de Baltimore, los Fitzgerald se atacaban ferozmente. Scott culpaba a ella de todos sus males y no dudaba en reprocharle cruelmente su postración y la pérdida de su belleza. Según Mathew Bruccoli, «el dolor que sentía por la locura de Zelda, se mezclaba con el duelo por la pérdida de su propia felicidad».
A pesar de todo, Scott apreció la calidad de la obra, aunque pidió a su esposa que realizara ciertos cambios. Volvieron a trabajar juntos, esta vez sobre las galeradas de la novela. El resultado le convenció, «es una obra absolutamente nueva» declaró. Poco después y con las bendiciones de Scott, sería editada por Scribner’s.

(Del prefacio) Miguel Ciges

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Resérvame el vals
Zelda Ftizgerald

Traducción: Carlos García Aranda
Prefacio: Miguel Ciges
Román y Bueno Editores, S.L.
Colección: Ficciones

Tamaño: 14 x 22 cms.
Número de páginas: 256
Encuadernación: Tapa blanda con solapa
ISBN: 978-84-615-8625-7

«Fin de fiesta»
Por Justo Navarro

 

ZELDA SAYRE y Scott Fitzgerald ya no eran el matrimonio de moda en Nueva York cuando apareció Resérvame el vals en 1932. Escrita en un hospital psiquiátrico y en apenas seis semanas, la novela autobiográfica de Zelda hacía balance de los años perdidos, como si el ejercicio de la memoria reparara la personalidad rota en el festín de los años veinte. En la ficción, Zelda se convertía en Alabama Beggs, la más joven y mimada de las hijas de un juez, conquistadora de soldados en los días de la primera Guerra Mundial, esposa de un teniente rubio, el pintor David Knight: Alabama repetía la vida de Zelda, el éxito y el derrumbamiento progresivo. Alabama y su pintor tienen una hija, como Scott y Zelda. Beben. Se enamoran de muchachas de porcelana y aviadores franceses. Beben más, todo como Scott y Zelda. Alabama decide hacerse bailarina profesional, como Zelda, y los dos capítulos finales, los mejores, cierran con el desastre imaginario de la bailarina Alabama Beggs en una Nápoles infecciosa.
Basadas en una retentiva sensorial muy viva, las imágenes de Zelda tienen el chisporroteo de las vanguardias de los años veinte y treinta: "A Miss Axton el pelo le crecía en la cabeza como los garabatos que la gente hace distraídamente cuando habla por teléfono". Los trenes franceses huelen "como el interior del bolsillo de un chiquillo". La euforia del ingenio desprende una electricidad peligrosa, nerviosa, condenada. La corriente que retrocede hacia el pasado al final de El gran Gatsby resuena en la última página de Resérvame el vals, cuando el matrimonio protagonista contempla los restos de la fiesta y el atardecer fluye "como la fría corriente cristalina de un río de truchas".
La novela de Zelda produjo un cortocircuito irreparable entre los Fitzgerald. El inventario de lo perdido era un ajuste de cuentas matrimonial: el marido se vio transformado en un artista anodino que exhibía a su mujer "como si fuese una de sus pinturas" y se llamaba Amory Blaine, como el héroe de 'A este lado del paraíso', la primera novela de Scott Fitzgerald. Sus libros habían convertido a Zelda en una leyenda, y ella lo confundía con una nulidad, se quejó el escritor en una larga carta a la doctora Squires, la médica de Zelda. La primera versión de la novela, según Scott, era un fracaso y, sobre todo, utilizaba materiales ya incluidos en la novela (Suave es la noche) que él nunca terminaba de escribir porque se dilapidaba en cuentos y guiones cinematográficos para pagar el hospital de su mujer. La novela de Zelda pasó por los manos de Scott, y el pintor Blaine se llamó Knight. Miguel Ciges resume la historia perfectamente en su prefacio a esta edición de Resérvame el vals, en la que aprecio el gran trabajo del traductor, Carlos García Aranda, aunque echo en falta una revisión.

EL PAÍS, Babelia, 26 enero 2013

     
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